Cuando el bullying trasciende edades: reflexiones urgentes desde la universidad. Por Dra. Melina Cristiano
La conmovedora historia del joven universitario que se quitó la vida tras denunciar acoso por parte de pares y ayudantes en la Universidad de Buenos Aires (UBA) —un estudiante de 27 años con diagnóstico de espectro autista— nos obliga a revisar una cuestión clave: el bullying no es solo un fenómeno de la escuela primaria o secundaria.
Una amiga me comentaba: “Me llamó la atención la edad de la persona. No se trata solo de niños y adolescentes. El bullying trasciende edades.” Y tiene razón!!!!
En las universidades —como en cualquier comunidad humana— persisten dinámicas de exclusión, humillación, aislamiento y violencia que no siempre son percibidas como bullying porque se asume que la adultez debería inmunizar. Pero la realidad es otra: la vulnerabilidad no desaparece con los años, cambia de forma.
En nuestra práctica cotidiana en Red Escucha Activa vemos que los entornos universitarios, así como los adultos en procesos de formación, también están expuestos a dinámicas de exclusión, hostigamiento, acoso silente o directo.
El desafío para las comunidades educativas —desde jardines hasta postgrados— es enorme:
Primero, es necesario ampliar la mirada para que no se asuma que “ya se pasó la edad del bullying”.
Segundo, reconocer que la vulnerabilidad se combina con otros factores: diferencias neurodiversas, dificultad para pedir ayuda, falta de redes de apoyo, sistemas institucionales poco preparados.
Tercero, impulsar protocolos de convivencia claros, dinámicos y actualizados que contemplen no solo episodios puntuales sino también patrones sostenidos de maltrato, aislamiento o discriminación.
Este caso nos recuerda que la prevención y el acompañamiento no pueden quedar restringidos a la escuela media. Las facultades, institutos y entornos de educación superior también deben articular sus mecanismos de contención: equipos de orientación, políticas de denuncias, acompañamiento emocional, sensibilización entre pares, formación docente, y evaluación de las culturas institucionales.
Desde mi trabajo cotidiano en abordajes socio-educativos y diseño de políticas de prevención, veo con claridad que las universidades aún no cuentan con herramientas tan desarrolladas como las que se exigen en los niveles obligatorios del sistema educativo. Sin equipos formados, sin procedimientos definidos y sin una cultura institucional que legitime pedir ayuda, muchos estudiantes quedan librados a su suerte.
Desde EA nuestro llamado es al conjunto de la red educativa y toda la sociedad: autoridades, equipos de orientación, docentes, estudiantes y familias. Debemos construir ambientes donde nadie se sienta invisible o desprotegido, ni tenga que llegar al extremo de creer que “no hay salida”.
La muerte por suicidio de este joven es una alarma. Y como red, decidimos hacer eco de su voz silenciada: transformar el dolor en acción institucional, formación y cambio cultural. Porque cuando una institución no responde a tiempo, se convierte en parte del problema.
Invito a las comunidades a reflexionar: ¿Qué protocolos tenemos hoy? ¿Cómo se revisan? ¿Quién acompaña a quien no sabe cómo pedir ayuda o no puede? Y, fundamentalmente: ¿Cómo promovemos socialmente y sin mediar edades, una cultura de cuidado y respeto, escucha activa y responsabilidad compartida?

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