Discapacidad, bullying y discriminación: una deuda urgente de los entornos comunitarios y educativos.
El reciente ataque a Quimey, una adolescente de 14 años con Trastorno del Espectro Autista (TEA), ocurrido en Morón a la salida de un corso, volvió a conmocionar a la sociedad. No fue una “pelea entre chicos” ni un hecho aislado. Fue una agresión planificada, precedida por hostigamientos sistemáticos y violencia en redes sociales, que escalaron hasta una golpiza grupal que la dejó inconsciente y convulsionando en el suelo.
La propia madre de la adolescente relató en sus redes sociales: “Todo el tiempo se referían a ella ‘discapacitada’, ‘tontita’, ‘andá a la escuela especial’ y muchas agresiones más”, y agregó que el acoso también se extendía al ámbito digital.
Según la información publicada, las agresoras la conocían del barrio y el hostigamiento venía desde hacía tiempo, con un fuerte componente en redes sociales.
La noticia -difundida por distintos medios- expone con crudeza una realidad que muchas veces se intenta minimizar.
Cuando el hostigamiento se naturaliza, la violencia escala física y digitalmente.
Nada de lo ocurrido sucedió de un día para otro. La violencia no comienza con el golpe físico: comienza cuando la discriminación se vuelve cotidiana, cuando el insulto se repite, cuando el hostigamiento digital no encuentra límites y cuando los adultos -en los distintos entornos que habitan niñas, niños y adolescentes- no intervienen a tiempo o minimizan el daño.
La violencia digital ocupa hoy un lugar central en la escalada del bullying y la discriminación, y no puede seguir siendo leída como un fenómeno secundario o “menos grave” que la agresión física. El hostigamiento en redes sociales amplifica el daño, lo vuelve permanente y elimina los espacios de resguardo: la humillación no termina al volver a casa, continúa en la pantalla, se multiplica y se viraliza. En estos entornos, la discriminación se disfraza de broma, la crueldad se legitima por la audiencia y la ausencia de límites adultos refuerza la sensación de impunidad.
Por eso insistimos también en la importancia de educar en ciudadanía digital y promover el respeto desde el teclado y las pantallas. Porque la violencia digital rápidamente deja de ser un antecedente y se convierte en el motor que habilita y organiza la violencia fuera de la pantalla.
Este caso se enlaza directamente con el análisis que desde Escucha Activa realizamos el año pasado tras el suicidio de un estudiante de la Universidad de Buenos Aires, también víctima de bullying sostenido y atravesado por situaciones de discriminación vinculadas a su condición.
Estos hechos no son excepciones: son advertencias que exigen revisar cómo escuchamos, cómo intervenimos y qué lugar le damos -como sociedad- al cuidado y a las formas de relacionarnos unos con otros.
En el caso de personas con discapacidad, y particularmente con TEA, la vulnerabilidad se profundiza. La evidencia muestra que niñas, niños y adolescentes con neurodivergencias se encuentran entre los grupos de mayor riesgo de sufrir violencia, especialmente en sus formas más invisibles: burlas persistentes, aislamiento, ridiculización y estigmatización. Cuando estas prácticas no se interrumpen, el paso a la agresión física deja de ser impensable.
La prevención no es un gesto aislado: es una decisión sostenida.
La prevención debe construirse desde espacios de sensibilización, formación y diálogo, fundamentales para abrir preguntas, generar conciencia y poner en palabras lo que muchas veces permanece silenciado. El problema aparece cuando estas instancias quedan aisladas, sin continuidad ni respaldo institucional.
Prevenir implica que los talleres, la educación emocional y las campañas que trabajan los vínculos formen parte de una estrategia sostenida en el tiempo, articulada con protocolos claros, capacitación permanente y prácticas cotidianas de cuidado. Trabajar sobre los vínculos antes de que el conflicto escale a la violencia física no es una consigna: es una responsabilidad adulta.
Formación, empatía y responsabilidad adulta.
La capacitación de quienes acompañan a niños y adolescentes -docentes, referentes comunitarios y equipos institucionales- resulta clave para comprender la discapacidad, evitar miradas estigmatizantes y actuar de manera adecuada ante situaciones de hostigamiento. No se puede cuidar lo que no se comprende.
Del mismo modo, la Educación Sexual Integral (ESI) ofrece un marco imprescindible para trabajar la convivencia, la empatía, el respeto por la diversidad y el reconocimiento del otro.
Hablar de bullying y discriminación sin incorporar estas herramientas limita seriamente la prevención.
Pero ninguna política será suficiente si no se asume el rol irrenunciable de los adultos. La familia, el barrio, las instituciones y la comunidad en su conjunto tienen responsabilidad. Observar, escuchar, intervenir y poner límites también es cuidar. El silencio adulto nunca es neutral: siempre comunica. Y el ejemplo, también.
No naturalicemos la violencia como forma de vincularnos.
No podemos seguir celebrando como "milagro" que una adolescente sobreviva a una golpiza grupal. La prevención no puede depender de que alguien filme un ataque para que recién entonces se tome conciencia.
Desde Escucha Activa, hacemos un llamado urgente a todos los entornos que rodean a niñas, niños y adolescentes: dejen de intervenir solo sobre las consecuencias y empiecen a trabajar sobre los vínculos y las formas de relacionarse, tanto física como virtualmente.
La palabra y el respeto deben circular antes de que el silencio se transforme en violencia.
La seguridad y la dignidad de nuestros hijos e hijas no pueden quedar libradas a la reacción tardía. Deben sostenerse en adultos presentes y comunidades comprometidas.
Dra. Melina Cristiano - Coord. Escucha Activa
Fuentes:
https://urgentehoy.com/general/ataque-a-una-adolescente-con-tea-en-moron-la-emboscaron-le-pegaron-al-piso-y-la-dejaron-convulsionando/amp/

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